... nuestro
recuerdo para el Profesor Olgiati del que recibimos siempre su presencia, en
los momentos en que necesitábamos de confianza y de consejo. Nunca olvidaré su
amor y su dedicación para guiarnos por los intrincados laberintos de las
declinaciones que enseñaba con enorme paciencia. Ni su regla de oro cuando
recordaba, una y otra vez, que lo que
teníamos que hacer era simplemente repasar. Repasiso mai nos
alertaba. con la seguridad del que conoce los secretos de una alquimia.
Su presencia
se prolongó aún más allá de las aulas del Colegio. Estaba entre nosotros cuando
con Carlos Dell Oro, gran amigo, recitábamos aquellos versos latinos que
definían el beneficio de los vientos para los marinos antiguos. Se
transformaban esos versos en una
contraseña que nos permitía ingresar en
el recuerdo de la Escuela como en una
selecta cofradía: Ubi venti secundi sunt nautae navigant libenter; Donde los vientos son favorables
los marinos navegan libremente…nos
repetíamos de manera risueña,
para volver a estar de nuevo en
las aulas del Colegio
Los extrañaremos mucho, tanto a Olgiati, como a
Soler, como a Terreni. No en nuestro corazón en donde estarán siempre
presentes, sino en las aulas de la escuela, que necesitan de Profesores que encarnen como ellos una tradición de enseñanza, cuya desaparición ha dejado en nuestro
sistema educativo una pobreza infinita.
A ellos,
trabajadores incansables, soñadores empedernidos, personas de bien, cada vez que puedo, se los menciono a mis alumnos en el aula. Me
parecen un valioso ejemplo a seguir.
Les hago presentes a Soler, con su potente vos, recitándonos los
inolvidables versos de Darío, a Terreni describiendo las maravillas de su
novedosa Biología , a Stegman graficando
los husos horarios de la tierra con el pulso preciso de un cartógrafo, y
a Olgiati con su bondadoso
sentido común, revelándonos el inapreciable valor de ese bien inapreciable y
tan escaso.
Estaba esta
mañana en el aula de 2B del Colegio dando Historia cuando recibí en el celular
la noticia de su fallecimiento. Sonó el timbre del turno y me quedé en el aula
con tristeza. Sentí que sin duda fuimos nosotros muy afortunados al haber sido
de todos ellos sus alumnos. Supe, una vez más, que el mejor premio de un docente es la gratitud de sus alumnos.
Quiero que sepan que tienen para siempre nuestra gratitud por haberlos conocido.
Alejandro
Taquini
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