lunes, 7 de septiembre de 2015

Olgiati (III)


Lo recuerdo frecuentemente a Olgiati por una frase que tenía y se aplica bastante en la vida:  cuando alguno se demoraba en algo, el decía "lo van a terminar haciendo el día del juicio final, turno noche".

Hasta siempre, mi profesor de latín.


Mariano Barilari (coloniasalazar@yahoo.com), promoción 1970


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lunes, 31 de agosto de 2015

Quiero expresar ...


 ... nuestro recuerdo para el Profesor Olgiati del que recibimos siempre su presencia, en los momentos en que necesitábamos de confianza y de consejo. Nunca olvidaré su amor y su dedicación para guiarnos por los intrincados laberintos de las declinaciones que enseñaba con enorme paciencia. Ni su regla de oro cuando recordaba, una y otra vez,  que lo que teníamos que hacer era simplemente repasar. Repasiso mai nos alertaba. con la seguridad del que conoce los secretos de una alquimia.

Su presencia se prolongó aún más allá de las aulas del Colegio. Estaba entre nosotros cuando con  Carlos Dell Oro, gran amigo,  recitábamos aquellos versos latinos que definían el beneficio de los vientos para los marinos antiguos. Se transformaban esos versos  en una contraseña  que nos permitía ingresar en el recuerdo de la Escuela como en  una selecta cofradía: Ubi venti secundi sunt nautae navigant  libenter; Donde los vientos son favorables los marinos navegan libremente…nos  repetíamos de manera risueña,  para volver  a estar de nuevo en las aulas del Colegio



 Los extrañaremos mucho, tanto a Olgiati,  como  a Soler, como a Terreni. No en nuestro corazón en donde estarán siempre presentes, sino en las aulas de la escuela, que necesitan de  Profesores que encarnen como ellos  una tradición de enseñanza,    cuya desaparición ha dejado en nuestro sistema educativo  una pobreza infinita. 

 A ellos, trabajadores incansables, soñadores empedernidos,  personas de bien,  cada vez que puedo, se  los menciono a mis alumnos en el aula. Me parecen un valioso ejemplo a seguir.



Les hago presentes a  Soler, con su potente vos, recitándonos los inolvidables versos de Darío, a Terreni describiendo las maravillas de su novedosa  Biología , a Stegman graficando los husos horarios de la tierra con el pulso preciso de un  cartógrafo, y  a  Olgiati con su bondadoso sentido común, revelándonos el inapreciable valor de ese bien inapreciable y tan escaso.

Estaba esta mañana en el aula de 2B del Colegio dando Historia cuando recibí en el celular la noticia de su fallecimiento. Sonó el timbre del turno y me quedé en el aula con tristeza. Sentí que sin duda fuimos nosotros muy afortunados al haber sido de todos ellos  sus alumnos.  Supe, una vez más,  que el mejor premio  de un docente es la gratitud de sus alumnos.



 Quiero que sepan que tienen  para siempre nuestra  gratitud por haberlos conocido.



                                                                                                                   Alejandro Taquini


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Del columba columbae al canis per fluvium

Ha llegado la triste noticia de que el bueno de Olgiati, ha fallecido en estos días.

Cuando arribamos allá por 1970 al Presbístero, una de las figuras descollantes fue el querido Profesor de Latín. Y nos acompañó durante todo el bachillerato, aunque sus clases de lengua materna, se quedaron en el camino.

Columba, columbae, columbatis, columbarum, y ya no recuerdo más cómo seguía aquella torturante primera declinación, que tan solo significaba a la inocente “paloma”, y que tantas veces nos hacía repetir.
Tenía una expresión de abuelo inocente, con su redondez corporal, que le provocaba una mayor ternura. En aquel 1970, ya parecía viejo, y sin embargo, tendría menos años de los que tenemos hoy esa promoción.

De su boca salían expresiones  incomprensibles, que no se parecían en nada de lo conocido a los 14 años. No era el inglés de los cow—boys, ni el francés del mon ‘amour, ni el italiano de Matroianni. Era un lenguaje como gutural que provenía del origen de nuestra humanidad, y sin embargo, era la raíz de las letras que escribimos todos los días.

Nos enseñó  aquella fábula del perro frente al espejo del agua. Venía chapoteando en el agua con un trozo de comida en la boca, hasta que al mirar hacia abajo, ve a un perro que lleva en la boca comida, y deja lo que llevaba en su hocico para tratar de atrapar lo que llevaba aquél imaginario perro, que era él mismo, y que por esa angurria pierde lo que llevaba. Qué enseñanza de vida, que recién en la adultez algunos pudimos advertir.

El pasado, como decía un escritor, no es pasado, es simplemente una dimensión del presente.

Nos queda su recuerdo, su sonrisa pícara, sus abrazos, su tonsura.


Hasta siempre, amigo, ut gaudio occurrit vobis (qué alegría haberte conocido).
Vascogaucho