Del columba columbae
al canis per fluvium
Ha llegado la triste noticia de que el bueno de Olgiati, ha
fallecido en estos días.
Cuando arribamos allá por 1970 al Presbístero, una de las
figuras descollantes fue el querido Profesor de Latín. Y nos acompañó durante
todo el bachillerato, aunque sus clases de lengua materna, se quedaron en el
camino.
Columba, columbae,
columbatis, columbarum, y ya no recuerdo más cómo seguía aquella torturante
primera declinación, que tan solo significaba a la inocente “paloma”, y que
tantas veces nos hacía repetir.
Tenía una expresión de abuelo inocente, con su redondez
corporal, que le provocaba una mayor ternura. En aquel 1970, ya parecía viejo,
y sin embargo, tendría menos años de los que tenemos hoy esa promoción.
De su boca salían expresiones incomprensibles, que no se parecían en nada
de lo conocido a los 14 años. No era el inglés de los cow—boys, ni el francés
del mon ‘amour, ni el italiano de Matroianni. Era un lenguaje como gutural que
provenía del origen de nuestra humanidad, y sin embargo, era la raíz de las
letras que escribimos todos los días.
Nos enseñó aquella
fábula del perro frente al espejo del agua. Venía chapoteando en el agua con un
trozo de comida en la boca, hasta que al mirar hacia abajo, ve a un perro que
lleva en la boca comida, y deja lo que llevaba en su hocico para tratar de
atrapar lo que llevaba aquél imaginario perro, que era él mismo, y que por esa
angurria pierde lo que llevaba. Qué enseñanza de vida, que recién en la adultez
algunos pudimos advertir.
El pasado, como decía un escritor, no es pasado, es
simplemente una dimensión del presente.
Nos queda su recuerdo, su sonrisa pícara, sus abrazos, su
tonsura.
Hasta siempre, amigo, ut
gaudio occurrit vobis (qué alegría haberte conocido).
Vascogaucho
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