martes, 15 de diciembre de 2009

Un nuevo estreno mundial de Juan Ciurleo


Nadie me creyó nunca. A pesar de que juraba que era en serio, recibía como respuesta de mis interlocutores, un "sí, qué barbaridad" sin la menor convicción, algunos inclusive desviaban la mirada, como sospechando que mentía. Lo cierto es que hace unos meses escuché por la radio que rememoraban la anécdota, lo que me dio la tranquilidad que hubieron otros testigos del insólito evento.


Creo que estaba en 4to. año, y en una de las noches de Teatro Colon al que me había llevado el profesor de música Juan Ciurleo, luego del tradicional concierto, la empresa Xerox quiso hacer una demostración de su reciente invento: la fotocopiadora. Sin darme cuenta, estaba asistiendo a una demostración del aparato criminal que terminaría con la vida de los delicados carbónicos.


Se trataba de un evento a nivel mundial, cuya propuesta consistía en que un compositor de ocasión improvisara en el momento, escribiendo partituras que unas esbeltas señoritas se encargaban de colocar en la parte superior del aparato que semejaba una cómoda de metal. Levantaban una tapa de la parte superior, colocaban la partitura, bajaban la tapa y un haz de luz la recorría pacientemente, y como por arte de magia el aparato escupía numerosas reproducciones del pentagrama original, las que a su vez, eran repartidas entre los integrantes de la orquesta, que ejecutaban la pieza a medida que les alcanzaban las copias.


Lógicamente, el trabajo del compositor, las señoritas, la máquina, el reparto y la ejecución musical, fue aumentando en velocidad, lo que convirtió al escenario en una carrera de obstáculos, y la obra musical en un esperpento bochinchero sin ton ni son.


Desde el humilde gallinero que ocupaba con mis compañeros y Ciurleo, pude apreciar que caballeros de aspecto marcial y riguroso traje oscuro chiflaban y tiraban papelitos en forma de pelota hacia el escenario, alguna big y otros objetos no muy contundentes, atento la jerarquía del público. Era fascinante ver a esas mujeres enjoyadas que ahuecaban ambas manos alrededor de la boca para que la onda sonora del improperio dirigido a los músicos, llegara a destino.


Al recibir hace como veinte días la invitación del profesor Ciurleo, quien presentaba su tesina, me vino a la memoria el gracioso espectáculo de aquellos años que me tuvo como testigo privilegiado, por lo que no podía eludir el convite.


Llegué puntual. El lugar es esa especie de palacete sobre Cordoba entre Azcuénaga y Larrea, que corresponde a los estudios de ciencias musicales Bouchardo, del IUNA. Al ingresar y previendo una estadía de más de una hora, pregunté dónde era la tesina, "en el primer piso", ¿y el baño?: "el segundo piso". Evidentemente, un lugar inconveniente para los que sufren de alguna incontinencia.

Luego de higienizarme, bajé al primer piso donde divisé a Ciurleo charlando animadamente con Victor Carrizo. De aquel profesor de música que hipnotizaba a la clase fumando Particulares y que se paseaba humeante con la altivez propia de la juventud sabionda, al actual hombre maduro que hace gala de una vida asentada, como evidencia su cintura, habían pasado cerca de 35 años.


El profesor se hallaba visiblemente emocionado y explicó que seguidamente la orquesta estable del IUNA ejecutaría su composición "A la mujer que me enseñó a bailar el tango Op. 21". Tratábase de un tango sinfónico que presentaba como tesina ante un jurado, para lograr la licenciatura en composición, y que se anunciaba como estreno mundial.


Después de presentarme a su mujer –a quien había conocido en el sector de los baños, pero esa es otra historia-, el profesor fue a saludar a otros asistentes al evento. En un momento, Ciurleo le susurra algo en el oído a un sujeto que dirige su mirada hacia donde estaba con Víctor, esbozando una sonrisa. Le estaba por decir a Carrizo de esperarlo a la salida al sujeto ese para que, aprovechando nuestra superioridad numérica, darle para tenga, pero sospeché que Ciurleo le habría contado quienes éramos, y deje las cosas como estaban.


Se hace presente un joven, quien batuta en mano dirigió a la orquesta por los acordes surgidos de la creación de Ciurleo. Sonaban violines, tambores, cellos, bajos, y demás instrumentos en una intrincada combinación de negras, fusas y semi fusas, blancas y corcheas.


Al concluir la ejecución musical, hubo un estallido de aplausos y Ciurleo en actitud humilde se acercó al jurado a saludar, cuyos miembros contestaban el buen gesto con una breve sonrisa dando a entender al profesor, que su obra había sido aprobada.


Cuando se aproxima a recibir mi saludo y el de Carrizo, le pregunto quién es la mujer que le enseñó a bailar el tango como llamó a su obra, y mirando hacia los costados con cierto temor, en voz baja dijo “mi mujer”. La señora del profesor justo pasó detrás de él, posiblemente para escuchar lo que decía y confirmar la especie. Y bueno, yo sabía que al final el taquito militar, el corte y la quebrada, iban a terminar aniquilando los malevos.


La velada terminó con la ejecución de obras de dos autores menores. Un tal Mozart y otro con un apellido imposible, algo así como Yuvert.


Al retirarme e intercambiar con Carrizo comentarios sobre hernias inguinales, advertí que por segunda vez en mi vida, Ciurleo me habia invitado a un estreno mundial.

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