Cómo olvidar la canción dedicada a la Primavera por el rubio de los sweaters extravagantes, Johnny Tedesco, el Elvis argentino de la nueva ola, que acompañaba sus melodías con tics corporales, que parecían provocados por la corriente eléctrica.
Yo todavía usaba pantalones cortos, era mediados de la década del 60 y sin siquiera sospecharlo, abría sus puertas el Saenz, y comenzaban su adolescencia compañeros como Giudice, Esarte, los Ripa Alsina, Dell’Oro y otros muchos que recién ahora estamos empezando a vernos las caras.
Mucho de la época lo conocí a través de las películas de Enrique Carreras, en las que la primavera era el festejo de jóvenes con corte media americana, calzados con mocasines y que vestían sweaters grises escote en ve (los más atrevidos, cerrados) y que tenían todo el look Hernán Figueroa Reyes. Siempre contentos y bailando en el parque de Palermo al son de las baladas sesentistas del club del clan que hacían sonar de un aparato en el que daba vueltas el disco. Lo que me llamaba la atención de entonces, era cómo hacían para que el Wincofon funcionara en el pasto junto al lago, sin enchufes, bateria, ni ninguna modernidad. Era realmente la magia del cine. De todos modos, cuando ando por el Planetario, todavía miro con recelo el césped, por temor a electrocutarme.
El día prometía. Era llegar cerca del mediodía con el grupo a la zona del Planetario, y a buscar un espacio como se pudiera, porque el lugar ya estaba atestado de jóvenes. Empezaron a hacer su presencia tipos raros, con largas melenas, barbas y ropajes imitando a Jesucristo Superstar, aunque al rato de hablar de paz y amor y esas cosas, se les notaba el barrio y si eran de Banfield o Huracan.
El lugar se inundaba de aquellas canciones inolvidables, las rutas argentinas hasta el fin, la mañana campestre, y aquel Capitán de la Fragata que llegaba al pisito de Mariel y que vecinos inescrupulosos le habían cortado la soga al ascensor para impedirle su llegada al quinto ce.
La jornada se iniciaba con un cabeza obligado, pero al rato, a hacer la cola para los botes, no sin algunos empujones, insultos y provocaciones de pelea, que eran aprovechados por los ligeros y petisos para adelantarse en
Luego venía el picadito en serio, con los sweaters como arco. En la distracción, algunas de las acompañantes se alejaban seducidas por el parloteo de ocasionales galanes. Pero un pelotazo en la sabiola te hacía volver a la realidad, a la única realidad: el fúlbo y lo’ muchacho’.
Terminado el agotador partido con las discusiones de quién gano o perdió, venía el acercamiento hacia las pocas o única que quedaba de las que iniciaron
Ya entradita la tarde, el señor Trueno decide adelantar la limpieza del parque, y los baldazos obligan a abandonar Palermo. Se largan las corridas, y las rutas argentinas del Planetario hasta Las Heras no tenían un miserable techo, y las mañanas dejan de ser campestres para oler al sorete de perro que se pegó en la dibujada suela de las Flecha, y que el Capitan y la Mariel esa ojalá que los tiren vivos por el buco del incinerador.
Pero bueno, la llegada al hogar, al remanso del guerrero, nos promete el bálsamo necesario de tan agitada jornada, y es el arrullo de la voz de bienvenida de mamá la que nos recibe:
- Por fin llegaste, vago. Ponete ya a estudiar matemática que tenés examen mañana, que te la vas a llevar a marzo y tenés dos previas. Y mejor que tu padre ni se entere.
Ay, juventud, divino tesoro.
2 comentarios:
buenisimas tus notas la verdad que desde el ultimo encuentro no ha pasado un dia sin que me fije si hay algun comentario de mis ex compañeros del queridisimo saenz te mando un abrazo y gracias por enriqueser este espacio un abrazo enorme horacio zaffanella
Debo confesar que José Aguirre uso pantalón corto hasta los 14 años y a pedido de los vecinos se pudo hacer el tan esperado cambio.
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