martes, 9 de junio de 2009

Murió Kwai Chang Caine, mi Maestro de Espejo Do.

Martes, 10:30 hs. am. Recreo en el patio. Schipani explica cómo extender la pierna derecha para dar un buen golpe, y rematar con un puñetazo salido desde atrás hacia adelante, pero no pudo terminar porque tuvo que sacar un pañuelo para limpiarse la nariz, típico resfrío de los que viven en casa. Somos varios los que observamos con reverencia sus enseñanzas. Se suman otros que dan mayores explicaciones de los beneficios del Karate sobre el Sipalki, y que el Kung Fu es una moda televisiva. El patio, por otra parte, se ha vuelto un lugar inseguro por los practicantes de algún arte marcial, los que dicen ser practicantes y no lo son, y los mayores. Eran tiempos en que regía la regla biológica de que los más grandes hacían de las suyas con los más chicos, como una muestra más de la premisa de la madre naturaleza: el pez grande se come al más chico. Y yo todavía era mojarrita.

Martes, 9 hs. pm. Cierro las carpetas de unos deberes que ya me habían abandonado hacía rato, y me siento a comer frente al televisor. Se oyen los acordes de una flauta y un hombre vestido de espantapájaros, se desliza sobre unos médanos sin caerse. La serie transcurre entre un presente de western americano, y una niñez en un templo budista del lejano oriente. El protagonista tiene rasgos orientales no muy creíbles, pero el que lo actúa como niño, a pesar de la calva, se lo puede identificar claramente como occidental. El chico aprende en el templo las artes de la lucha física y de la lucha espiritual. El hombre, con el bagaje de la enseñanza que le dieran sus maestros, se enfrenta magistralmente con distintos forajidos a los que reduce, con golpes, saltos y patadas certeras. Los movimientos del falso oriental, se repiten en cámara lenta para el éxtasis del televidente. El resto de la serie, es un deambular en franca modorra, de enseñanzas de la vida y frases proféticas, alimentándose el protagonista de frutas y granos, difíciles de describir y de tragar. Son las diez y la serie llega a su fin. Pero un nuevo combate se aproxima.

El escenario esta cubierto de azulejos. Abro la lluvia de agua caliente para que el ring adopte el clima ideal. Mi oponente esta vestido de mi misma desnudez. Un primer saludo, una elongación de extremidades y empieza la pelea. Lanzo golpes con el brazo estirado y el puño cerrado, y recibo simétricamente la misma tunda. Me agacho, retrocedo y vuelvo al ataque haciendo circular los brazos como aletas de ventilador. Me preparo para el golpe final. Aspirando profundo, me elevo en el aire y estiro la pierna izquierda hacia adelante como la grulla, pero por la excesiva concentración, el fragor de la batalla y no haber medido la distancia con el lavatorio, golpeo mi pierna. El dolor no me impide tirar renovados golpes hasta que mi contrincante desaparece. El cobarde ha huido. Rengueando y guiado por la memoria entre la vaporosa bruma, ingreso a la bañadera a quitarme el sudor de la victoria. Mañana, o pasado, nos volveremos a ver las caras.

Los diarios arriesgan hipótesis truculentas sobre la muerte del legendario Kwai Chang Caine, haciendo mención a una peligrosa atadura de genitales. Intimamente, quiero creer que estaba preparando alguna nueva prueba para sorprender a sus admiradores, como cuando caminaba en patas sobre papel sin arrugarlo, o levantaba con los brazos una cacerola llena de carbones encendidos, y no decía ni mu.

Lo cierto es que Kwai Chang Caine se ha ido. Ayudado por una soga, el pequeño saltamontes dio su último brinco.

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