Hace unos años, con mi mujercita, María Eugenia, emprendimos un viaje enriquecedor y costoso. Por supuesto que estoy hablando de Europa, viaje imprescindible para cualquier argentino que se precie de tal. Eran los tiempos en que Estados Unidos competía con nuestra moneda.
Luego de discusiones sobre los destinos, nos hicimos mutuas concesiones. Yo, generosamente, accedí a pasar unos días en Padova, en la casa de sus (remarco el “sus”) amigos, y ella cayó rendida ante mi genial y seductora idea de visitar el pais vasco.
Habíamos visto que cerca de Roma, y como un paseo obligado de las guías, estaba la ciudad de Assisi, donde viviera San Francisco, pero la distancia no era menor: más de
En la mañana del quinto día de estancia en Roma, y ya último, al iniciar la visita a un parque, sentí algo muy particular, como de las entrañas, estaba angustiado, no podía seguir caminando. Le dije a Eugenia que había que ir a Asis, que no podía estar tan cerca de San Francisco y no ir, después de haber rezado cada día de Colegio al entrar y al salir, durante cinco años, su llamativamente denominada “Oración Simple”.
Mi mujercita lo entendió y me dijo que estábamos para visitar los lugares donde sintiéramos algo y así es que partimos rumbo a Asis por tren.
El viaje fue regio, en cómodas butacas, zigzagueando cerros, con casas construidas en las laderas, hasta que llegamos a Assisi. Había que sacar la vuelta y ahí apareció un fraile muy gordo y alto que hablaba español y nos ayudó. Le dijo al boletero unas palabras y concreté
El lugar estaba en silencio con prohibición de sacar fotos y filmar para que nada perturbara el descanso del Hermano Sol. La imagen de ese cajoncito sostenido por la montaña era impactante y emotiva a la vez.
A un costado, hay un pequeño museo, lo que es mucho decir puesto que el santo no había dejado prácticamente nada. Estaba en exposición su túnica, de un color marrón oscuro, largo, de una especie de arpillera, como esas que se ven en las películas o en los dibujitos, pero hecho un harapo. También se exhibía su calzado: una lonja de cuero para cada pié con puntas triangulares que realmente no supimos cómo se unían, si es que lo hacían, o simplemente se doblaban las puntas. Esas eran sus pertenencias.
La ciudad amurallada recordaba aquel pasaje de cuando Francisco tiró las telas de su padre a la calle para dar a los pobres. Terminamos la visita y volvimos a la estación.
Lamentablemente, la vuelta no fue tan espléndida como
Finalmente llegamos sanos y salvos a Roma, y nos comimos unas pizzas reparadoras, después de haber cumplido algo más que un deseo, una necesidad espiritual.
Acá va el recuerdo del viaje y de la adolescencia:

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