miércoles, 20 de mayo de 2009

San Francisco de Asis existió y no usaba zapatos

Hace unos años, con mi mujercita, María Eugenia, emprendimos un viaje enriquecedor y costoso. Por supuesto que estoy hablando de Europa, viaje imprescindible para cualquier argentino que se precie de tal. Eran los tiempos en que Estados Unidos competía con nuestra moneda.

Luego de discusiones sobre los destinos, nos hicimos mutuas concesiones. Yo, generosamente, accedí a pasar unos días en Padova, en la casa de sus (remarco el “sus”) amigos, y ella cayó rendida ante mi genial y seductora idea de visitar el pais vasco.

Habíamos visto que cerca de Roma, y como un paseo obligado de las guías, estaba la ciudad de Assisi, donde viviera San Francisco, pero la distancia no era menor: más de 100 kilómetros, sin contar la vuelta, por lo que quedaba desechado.

En la mañana del quinto día de estancia en Roma, y ya último, al iniciar la visita a un parque, sentí algo muy particular, como de las entrañas, estaba angustiado, no podía seguir caminando. Le dije a Eugenia que había que ir a Asis, que no podía estar tan cerca de San Francisco y no ir, después de haber rezado cada día de Colegio al entrar y al salir, durante cinco años, su llamativamente denominada “Oración Simple”.

Mi mujercita lo entendió y me dijo que estábamos para visitar los lugares donde sintiéramos algo y así es que partimos rumbo a Asis por tren.

El viaje fue regio, en cómodas butacas, zigzagueando cerros, con casas construidas en las laderas, hasta que llegamos a Assisi. Había que sacar la vuelta y ahí apareció un fraile muy gordo y alto que hablaba español y nos ayudó. Le dijo al boletero unas palabras y concreté la compra. Al terminar el trámite, el fraile misteriosamente había desaparecido. Mientras Eugenia lo buscaba para agradecerle, salí de la estación para ver cómo llegar al casco histórico que estaba en lo alto de un cerro de gran y perpendicular altura. En eso, una monjita se me acerca y me dice que espere a unos metros que una combi nos llevaría, vuelvo corriendo a buscar a Eugenia y cuando estamos los dos en la calle, la religiosa también había desaparecido. Llegó la combi y partimos.

En lo alto del cerro estaba la Iglesia de San Francisco, y su ingreso era el ingreso al interior de la montaña. Primero se aparece un gran hall como para celebrar misa y luego se pasa a otro recinto donde impresiona ver a una altura de cerca de 80 metros, un pequeño cajón de madera enclavado en la montaña. La misma había sido horadada para que pudiera quedar a la vista el féretro de 80 cm. por 50 cm., que contiene los restos del santo.

El lugar estaba en silencio con prohibición de sacar fotos y filmar para que nada perturbara el descanso del Hermano Sol. La imagen de ese cajoncito sostenido por la montaña era impactante y emotiva a la vez.

A un costado, hay un pequeño museo, lo que es mucho decir puesto que el santo no había dejado prácticamente nada. Estaba en exposición su túnica, de un color marrón oscuro, largo, de una especie de arpillera, como esas que se ven en las películas o en los dibujitos, pero hecho un harapo. También se exhibía su calzado: una lonja de cuero para cada pié con puntas triangulares que realmente no supimos cómo se unían, si es que lo hacían, o simplemente se doblaban las puntas. Esas eran sus pertenencias.

La ciudad amurallada recordaba aquel pasaje de cuando Francisco tiró las telas de su padre a la calle para dar a los pobres. Terminamos la visita y volvimos a la estación.

Lamentablemente, la vuelta no fue tan espléndida como la ida. Al sentarnos nos encaró un boletero a quien no entendimos nada, pero por fonética nos dimos cuenta que nuestros boletos eran para otra clase Y allí fuimos, al vagón de las mil y una noches, no por estar compuesto por apetitosas odaliscas o misteriosos califas, sino por árabes con túnicas y caras tapadas que nos miraban como se mirarían a los infieles en épocas del Cid Campeador. ¡Lo que nos acordamos del fraile ese ¡.

Finalmente llegamos sanos y salvos a Roma, y nos comimos unas pizzas reparadoras, después de haber cumplido algo más que un deseo, una necesidad espiritual.

Acá va el recuerdo del viaje y de la adolescencia:

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