Ciurleo, en otro estreno
mundial.
El
martes subí al 26 en Retiro para ir a Tribunales. Detrás mío, se sentaron dos
chicas que tenían algún aparato –mp4, celular tal vez- del que salía una música
cumbianchera o, como se dice en lenguaje conurbano, wachiturra –dícese del mal
nacido, que no tiene padres y además es un cretino-. Sólo una canción oían,
cuya letra me era indescifrable, pero merced a la reiteración y a que las niñas
la acompañaban cantando, pude discernir el estribillo, que decía más o menos “levanten las manos los solteros; no los
veo, no los veo”. De monótona, por su repetición, la cancioncita se
convirtió en un taladro. Hasta que llegué a destino y descendí interrogándome
qué habían hecho las generaciones adultas para que los jóvenes nos torturaran
de esa manera musical.
En
el estudio prendí la máquina. Me había llegado una invitación del Profesor de
Música, Juan Ciurleo, para asistir a una muestra en la que, distintos
compositores -él entre ellos-, harían estrenos mundiales. La cita era el 6 de
julio en la escuela Van Gelderen, de Salguero y Las Heras, a las 19 horas. Allí
estaría.
Viernes,
día de salida apurada de la ciudad, llegué media hora tarde. El segundo
contratiempo fue mi imposibilidad para entrar. Desde la vereda veía a la gente que
estaba adentro, con la mirada hacia donde estaría el conjunto musical, pero que
yo no podía ver. Empujé todas las rejas que rodeaban la escuela, con discreción
y disimulo, pero no logré abrir ninguna. Así que me alejé unos 15 metros para
vigilar si salía alguien y poder ingresar. La táctica resultó eficaz, puesto
que desde la calle se acercó una madre con su hijita y, para mi asombro, tiró
hacia afuera de una reja y cuando iban a entrar, empujándolas, me escabullí
hacia adentro.
El
Profesor Ciurleo estaba finalizando unas palabras sobre sus obras, por lo que
me sumé al aplauso del reducido pero selecto público presente.
Las
obras del Profesor, basadas en poemas, fueron ejecutadas por voz humana,
violín, piano, violoncelo, clarinete y flauta. No eran de las armónicas de Mozart,
la 9na. Sinfonía, o Aranjuez; no eran de las que uno sigue su ritmo con un
silbido, un tarareo, o tal vez moviendo un pié para arriba y para abajo.
El
estimado autor le otorgaba un sentido, una forma a esa composición, que no pude
apreciar. Los intérpretes se hallaban concentrados en la ejecución, por lo que
también le encontraban un gusto, un placer y una armonía, que a mí no se me dio.
Las obras de los otros autores, pasaron por los mismos carriles.
La
presentación musical fue una evidencia más de la singularidad de las personas. Cuando
no se puede entender qué lleva a una persona a estar con tal pareja, o cómo
eligió aquél perro, o qué gusto le encontró a esas ropas, es en la diversidad y
singularidad de los individuos donde se halla la respuesta. Y esa diversa
identidad enriquece y embellece el lugar donde uno vive. Lamentablemente, debo
agregar a las niñas que escuchaban el
taladreo musical.
En
un momento, el Profesor Ciurleo me llevó aparte para agradecerme la asistencia,
y si sabía algo de Soler. Mirando a un lado y a otro, bajando la voz y con
sonrisita cómplice, me pidió que nadie se entere de esa presentación. Lo
tranquilicé, diciéndole que nadie lo sabría, que sería como escribir en el blog
del colegio.
Al
concluir el concierto, me retiré y con firmeza empujé la puerta de rejas hacia
afuera, como sabiendo.
Vascogaucho
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