Pertenezco a una especie en extinción: leo el diario en papel. Con la pantalla no puedo, me es imposible. No se la puede doblar, escribir un teléfono en una esquina, hacerse un sombrerito de pintor, ni envolver la basura. Intimamente, no es nada compañera en el baño. El papel es otra cosa.
Terminada la lectura primera del diario, por el que el país transita de un mundo feliz a Sodoma y Gomorra, paso a lo verdaderamente importante: los pequeños recuadros de noticias. Acá esta el corazón del periódico, lo sustancial, lo que nos permite viajar a mundos desconocidos, conocer las maravillas planetarias e intimar con seres de toda laya.
Hace unos días salió en un recuadrito que en Ginebra, unos físicos crearon y atraparon antimateria; habían producido átomos de anti hidrógeno –opuestos al hidrógeno- y mantenido así durante una décima de segundo. ¿“Atrapar la antimateria”?. Parece cosa e’ Mandinga. Ya Martín Karadagian sufrió estas vicisitudes cuando abrazaba la nada en su intento de atrapar al Hombre Invisible.
En “Viaje a las Estrellas”, se podía uno dar una idea de la antimateria, cuando los galácticos se quedaban paraditos en una plataforma, sin mosquear, e iban desapareciendo como con burbujas, y luego aparecían en otro lugar, enteritos, y con la ropa puesta.
Tarde piaron estos ginebrinos y series escatológicas. La antimateria ya se había inventado en aquellas tardes en el Saenz, cuando se escuchaba a Cavigiolo decir: “si al Mar de Kara lo damos vuelta se convierte en el Mar de Ceca” y miraba pícaro a ver si alguien se avivaba del chiste. Pero no, a las tres de la tarde uno no estaba para chistes.
Cómo aguantar las clases de estudio dirigido, después de una ingesta de tres milanesas con puré. A eso había que agregar la protección maternal: “Dale nene, comete una manzana de postre, te tenés que alimentar”. Y uno, siempre tratando de mimosear a la vieja: “Bueno, pero con un cacho de dulce de leche”. Luego del pantagruélico almuerzo, a caminar las seis cuadras hasta el Saenz.
En esas tardecitas, mientras se escuchaba la monotonía docente, se apagaban los sentidos y comenzaba un viaje por recuerdos, por fantasías, con el cachete apoyado en un puño sostenido por el codo que hacía como un hoyo en la mesa. Uno se volvía una plumita, el saco no existía, y los tamangos no apretaban. Pero antes que la baba cayera a la fórmica, una voz se metía en la antimateria, una especie de “Señor” repetido, hasta que se abrían los ojos y tenía enfrente al Profesor que lo había atrapado en la antimateria, diciéndole que repitiera lo que recién había dicho. Imposible.
Bueno, ahora los dejo, porque comí medio pesadito y me quiero mandar una antimateria. ¿Se podrá ir al futuro?. Ojalá. Como en noviembre la cosa no pudo ser, espero ser atrapado a la media tarde del sábado 28 de mayo de 2011.
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