¿Quién me manda a hacer este esfuerzo?. Mamá me despierta bien temprano el sábado para que no llegue tarde al Colegio, desde donde partirá el micro que me llevará con el resto de los cracks, a la quinta de Castelar a jugar otro partido del campeonato. Mami siempre me trae una bandeja con el café con leche y unas Express con manteca. Lo que no tolero es esa nata que se forma en la superficie del amarronado líquido, símil Río de la Plata. Al sacar esa porquería de la taza ya no quedan ganas de tomar nada. De allí será el nombre de “nata”.
Parto raudo por las callecitas de Bulnes hacia Honduras. Hace un tornillo de morirse y el día encima esta lluvioso. En la puerta ya esta el micro y ahí espera a todo el equipo el bueno de Lillo, con ese aspecto de Tato Bores sin peluca.
Lillo es el entrenador, manager, preparador físico, galeno, utilero, consejero espiritual y barra brava del seleccionado del colegio. Prepara el equipo en la semana, a la tarde, después de clase. Es de rigor correr alrededor del patio, flexionar brazos y abdominales y luego, sí, lo más deseado: el picadito.
El ómnibus parte pasaditas las ocho, con una persistente lluvia que acompañará el viaje de ida y de vuelta. Me siento siempre en el medio, en compañía de Horacio Montano y Javier Ríos, compañeros de olvidables derrotas sabatinas.
El movimiento cadencioso del ómnibus y el encierro del vehículo me provocan una dulce modorra, que me lleva a creer que en algún partido me observará un dirigente de un club importante, o tal vez aquel Pedernera que recorría los potreros de Palermo, buscando virtuosos en el manejo de la número cinco, como era mi caso. Al menos en sueños.
Y en el momento justo que Pedernera me señala con el dedo como indicando que soy uno de los elegidos, frena a lo bestia el micro y se encienden las luces para que el equipo se vaya poniendo a tono.
Lillo da indicaciones para que no bajemos porque esta lloviendo. La espera se hace eterna y los pelitos de las piernas parecen no cumplir el noble cometido para el cual fueron creados: cubrir las patas de las inclemencias del tiempo.
Finalmente reaparece Lillo y con voz entrecortada por la emoción trata de gritar: “no vienen muchachos, ganamos los puntos”. Era la primera vez que ganaba un partido, siempre se perdía por goleada. El gran Lillo para festejar trajo un paquetón lleno de medialunas. Así se recompensa a un campión. Cuando la algarabía del triunfo fue disminuyendo, de abajo del ómnibus pude escuchar a alguien que le decía a Lillo: “mejor rajemo’ antes de que vengan y el árbitro se arrepienta”. Acto seguido, en cuestión de segundos, la catramina se puso en marcha rumbo a Baires.
Final feliz. Al llegar a casa Papá me preguntó “¿Y?” moviendo la cabeza a la espera de la habitual respuesta derrotista. “Ganamos, viejo”, fue mi triunfadora respuesta. Pero Papá se quedó mirando y observando especialmente mi impecable aspecto. “Por puntos. Con lluvia y de local nos habrán tenido miedo”. No hubo más comentarios.
Aquella mañana de sábado, fría y lluviosa, el Saenz rompió el hechizo maligno. Me queda pues, el recuerdo nostalgioso de Lillo levantando la mano triunfadora y gritando la tan esperada palabra: “Ganamos”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario